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miércoles, 29 de enero de 2014

La cerveza, esa familiar desconocida (Segunda Parte)

Ya que en la primera parte de este extenso artículo hablamos de los remotos orígenes de la Cerveza (recordad, la mayúscula es por diferenciarla como concepto de la cerveza comercial), den esta entrada pasaremos de la Cerveza que Levantó las Pirámides (que no es que a medio camino no hubiese evolución en las recetas, sino que de aquella Cerveza Primigenia saltaremos al producto más similar a la Cerveza actual, por no extendernos demasiado, vamos) a las Cervezas que empezaban a consumirse durante la Baja Edad Media.
 
 
Para incrementar la capacidad de conservación en un momento en que las cepas de levadura no eran tan resistentes al alcohol como las actuales, en algún momento de este periodo en la Europa cristiana (en los países dominados por el Islam el consumo de bebidas procedentes de la fermentación del grano estaba prohibido por la ley religiosa, y por lo tanto supondremos a efectos historiográficos que no se fabricaba ni consumía) se empezaron a incorporar en la infusión diversas plantas medicinales, podemos suponer que con la intención de asegurar que la cerveza pudiese aguantar desde la siega del cereal de un año hasta la siega del siguiente. De estas recetas, algunas de ellas conservadas, otras, perdidas de forma irremediable, se ha conservado un ingrediente básico para entender la Cerveza tal y como la conocemos a día de hoy: el lúpulo.
 
 
Sus aceites y resinas, además de favorecer la fermentación, ayudan a estabilizar el sabor, añaden el característico amargor a la bebida, aportan aroma e inhiben el crecimiento de las bacterias. Y sí, resultó crucial para conservar por más tiempo la cerveza. Tal vez todavía no fuese posible conservarla de un año para otro (o de lo contrario no tendríamos la Oktoberfest bávara), o al menos no de forma inmediata y exclusiva, pero la inclusión del lúpulo en las recetas resultó un avance importante y definitivo para definir lo que entendemos hoy en día como Cerveza.
 

Estos brebajes alcohólicos de graduación media o baja, no destilados, ligeramente carbonatados, de apariencia bastante turbia y de un color que iba del dorado pálido al marrón oscuro chocolate (o incluso al negro), pasando por una amplia gama de tonos intermedios, obtenidos por la fermentación de una infusión de malta, lúpulo y otras hierbas, son los precursores de la Cerveza moderna.
Y con un nuevo salto en el tiempo (pasando por alto toda la historia de las cervezas de abadía, las leyes de pureza, las exportaciones en barco de la Commonwealth y demás notas al pie en el libro de la Historia, que dan para toda una serie de artículos cada una) llegamos a las cervezas  modernas, explotadas comercialmente, que (salvo excepciones puntuales) por razones económicas que solo entienden los gurús del marketing, se comportan como cuasi clones de tres o cuatro estilos concretos de Cerveza, sensiblemente optimizados para que el aspecto, la textura, el cuerpo y el sabor se adecuen a los gustos del target mayoritario de las productoras. Unas cervezas filtradas, estabilizadas, homogeneizadas, pasteurizadas y que pueden gustar más o menos, pero que indudablemente generan millones de euros anualmente en ventas.
 
 
 
Y entonces llegaron los Cerveceros Caseros para abrir camino en busca de los sabores, estilos y gustos que se alejaban del camino trillado por las grandes productoras. Y detrás vinieron las micro cerveceras. Y entonces las grandes cerveceras descubrieron que había un nicho para un producto diferente, más minoritario, y algunas de ellas decidieron aventurarse tímidamente en el mundo de las cervezas especiales.
En fin, toda esta parrafada se puede resumir, creo, explicando que existen las cervezas comerciales de consumo y distribución generalizada, y los productos especializados, algo menos estandarizados, que aunque cada vez se encuentran con mayor facilidad en nuestro mercado, no siempre están presentes o disponibles en las tiendas más próximas a nuestro domicilio. Y ahí es donde encuentran su nicho las distintas Cervezas de producción artesanal, ya que buscan al mismo perfil de consumidor: el que no se conforma con lo que el resto del mundo considera normal.
 
Y el remate lo supone la fabricación casera de cerveza, un hobby desarrollado, principalmente, por aquellos que consideran, no solo que la cerveza comercial de distribución generalista no es su bebida ideal, sino que busca con la experimentación y la práctica diseñar esa Cerveza Perfecta que encaje con sus gustos. Algunos, pocos, lo consiguen. El resto, acabamos descubriendo que el gusto por la Cerveza, como la propia Cerveza, es un ente vivo, que crece, madura y evoluciona. Y que buscar esa Cerveza Perfecta es un esfuerzo fútil, ya que con cada nueva receta, con cada pequeña variación de los componentes o el proceso de elaboración, nuestra Cerveza es sutilmente distinta, y tremendamente satisfactoria. Y llegados a este punto, ¿por qué malgastar el tiempo y el esfuerzo en perseguir una quimera, intentando en vano lograr la perfección, cuando resulta tanto o más gratificante la mera experimentación por el simple placer de ver (catar) como sale esta vez si...?

Amigo mío, si te ves reflejado en esta reflexión que acabo de hacer, ya no tienes remedio: eres un Cervecero Casero.
 
Larga y Prospera Birra, camarada…